El día en el que sus ojos se clavaron directamente en los míos, fue como si el mundo entero se parase. El momento en el que rocé sus labios, cuando entraron en contacto con los míos, supe que podría volverme adicta a ellos. Y eso fue lo que sucedió, me volví adicta a él. Como un yonki desesperado por un par de rayas. Pero llegó el momento en el que se marchó, sin dar explicaciones. Simplemente decidió que era el momento de salir de mi vida. Lo que él no sabía era que yo estaba enganchada a él y no tenía la fuerza suficiente para separarme de él. Tampoco quería hacerlo. Pero tuve que ser fuerte y sigo teniendo que serlo.
El cielo se volvió gris, los días cada vez se hacían más y más largos y lo único que hacía era cerrar los ojos, echarme en la cama con las luces apagadas y la música saliendo por los auriculares llenando mis oídos. Alta. Muy alta. La tenue luz que entraba por la ventana me avisaba del anochecer. Y así pasaba cada día durante semanas, sumiéndome en letras tristes de canciones con historias que con él ya no iba a ser capaz de vivir. Hasta que caía completamente dormida.
Aun sabiendo que él ya no estaba, esperaba despertarme rodeada por sus brazos con su aliento en mi nuca. Y ahora lo único que me queda es el olor de su colonia impregnada en mi almohada, un sitio desocupado en mi cama y un vacío enorme en mi vida.
Supongo que es el Otoño, que a todos nos vuelve ligeramente tiernos. Así que, por el momento, me dedicaré a seguir echándole de menos.
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