Éramos pura magia. Éramos conexión. Éramos sonrisas que
nadie entendía. Y que nadie podría haber evitado, claro. Éramos tardes de
risas, cosquillas y algún que otro "te quiero" que nunca tuvimos la maldita
valentía de decirnos. Éramos miradas llenas de complicidad. Éramos algo tan
difícil de explicar que tú jamás supiste comprenderlo del todo. Éramos la risa
más libre que he escuchado. Éramos un "perdóname" de esos que no decíamos después
de cada pelea. Y es que éramos capaces de enfadarnos por cualquier cosa y
olvidarlo como si no hubiera pasado nada a los cinco minutos. Sólo porque
necesitábamos volver a sentir el cariño del otro. ¿Sabes cuál es el problema?
Que esto es lo que éramos. Pretérito. Pasado. Y el pasado es algo que, por
definición, no vuelve. Por mucho que cierre los ojos con fuerza cada noche,
esperando que al abrirlos me despeine el remolino de tu pelo. Ya no sé quien
tuvo la culpa de los dos, aunque tal vez los dos fuimos culpables. Pero todos
lo dicen, todos se extrañan al ver que hemos perdido aquella complicidad, al
notar que solo somos dos extraños que se esquivan para evitar que duelan los
recuerdos.
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